Historia del texto

HISTORIA DEL TEXTO

Francisco Rico

Las ediciones de Robles

En julio de 1604, cansado quizá de mendigar entre grandes señores y «poetas celebérrimos» sin dar con ninguno «tan necio que alabe a Don Quijote» (o así lo contaba la mala lengua de Lope de Vega), Miguel de Cervantes debió decidirse a componer él mismo los versos burlescos que ocupan en el Ingenioso hidalgo el lugar que en otros volúmenes de la época corresponde a una sarta de loas al autor y a la obra; y en la misma sentada hubo de escribir también la «prefación» en que ajusta las cuentas con «la inumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse» (I, Prólogo, 10).

El 20 de ese mes, el Consejo de Castilla estaba considerando ya el original de la novela (titulada entonces El ingenioso hidalgo de la Mancha), para la que Cervantes había solicitado licencia de impresión. La obra estaba apalabrada con Francisco de Robles, acreditado «librero del Rey nuestro Señor» y hombre de negocios diversos (y de diversos grados de licitud). Como editor, Robles no mostró nunca demasiado interés por la literatura, pero el éxito del Guzmán de Alfarache le tuvo que hacer ver las posibilidades comerciales de la narrativa de aire realista, y en 1603 las tanteó con buen pie sacando a la luz el Viaje entretenido de Agustín de Rojas; de suerte que no vaciló en apostar fuerte por el Quijote e invertir en él un mínimo de entre siete y ocho mil reales.

Mientras el papel se llevó casi la mitad del presupuesto (y al autor le tocaría alrededor de un quinto), sólo la cuarta parte del total, aproximadamente, estaba destinada a pagar, a siete reales y medio por resma, la composición e impresión del libro. Robles confió esa tarea, cuando lo hiciera, a uno de los más aceptables entre los pocos talleres que el traslado de la Corte había dejado a orillas del Manzanares: la vieja imprenta de Pedro Madrigal, ahora propiedad de la viuda, María Rodríguez de Rivalde, cuyo yerno (al parecer) desde 1603, Juan de la Cuesta, actuó de regente entre 1599 y 1607, año en que salió huyendo de Madrid (aunque su nombre perviviera cerca de dos decenios más en los productos de la casa).

El original presentado por Cervantes al Consejo Real seguramente no fue, desde luego, un manuscrito autógrafo, sino una copia en limpio realizada por un amanuense profesional particularmente atento a la claridad de la escritura y la regularidad de las páginas. Tal era el proceder seguido en la inmensa mayoría de los casos (si no se trataba de una reimpresión), tanto para hacer más cómoda la lectura a censores y tipógrafos como en especial para que la imprenta –donde los libros no se componían siguiendo el orden lineal del texto, porque no lo permitía la escasez de tipos– pudiera calcular fácilmente qué partes de un manuscrito en prosa equivalían a cada una de las planas discontinuas del impreso contenidas en una forma, es decir, en una cara del pliego.

Una vez acabado por el amanuense, ese original era comúnmente revisado por el autor, para colmar lagunas, tachar o corregir ciertos fragmentos e incluir adiciones marginales, entre líneas, en banderillas o en folios intercalados o añadidos al final. Tales modificaciones, y otras menores o mayores, hasta afectar a la misma estructura de la obra (redistribuyéndola, por ejemplo, en libros y capítulos), se introducían a veces mediante signos de llamada o indicaciones expresas que remitían de unos lugares del manuscrito a otros, con el consiguiente peligro de confusiones por parte de los cajistas. Es lícito conjeturar que algunas de las anomalías más ostensibles en el Quijote (omisiones, rupturas de la continuidad, epígrafes erróneos, etc.), tanto si son culpa del novelista como si se deben a los impresores, tienen su origen en semejante modo de trabajar.

Sería, pues, un original con no pocas variaciones respecto al autógrafo el que llegara al Consejo y, desde ahí, a los censores encargados de aprobarlo, para que a su vez el escribano Juan Gallo de Andrada lo rubricara página por página y el secretario Juan de Amézqueta despachara el oportuno privilegio real a 26 de septiembre de 1604. Hay indicios para sospechar que la novela no escapó de la censura enteramente indemne: así, la incongruencia del momento en que se precisa que Don Quijote «queda descomulgado por haber puesto las manos violentamente en cosa sagrada» (I, 19, 225) tal vez responda a la conveniencia de salvar desmañadamente el expurgo o la objeción de un espíritu escrupuloso.

Por otra parte, en los meses en que el original anduvo por el Consejo de Castilla, el novelista probablemente insertó cambios de relieve en el manuscrito que él conservara. Luego, cuando el Consejo devolvió el original, ya con la aprobación correspondiente (I, Preliminares, 4) y debidamente rubricado, sin duda pasó a él las modificaciones que hubiera aportado a su texto primitivo, pero todo indica que no lo hizo con la pulcritud deseable. De ahí, verosímilmente, otras anomalías que se aprecian en el impreso.

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