El impacto demográfico de la Guerra de la Independencia

 


El impacto demográfico de la Guerra de la Independencia

 

*Esta es la versión preliminar de un trabajo sobre las repercusiones demográficas de la Guerra de la Independencia. Fue presentada en forma de conferencia en Avila, dentro de los XII Cursos de Verano de la UNED, julio 2001. Agradeceré las observaciones que se me formulen sobre su contenido y las referencias bibliográficas que ayuden a completarlo

     Entre los innumerables trabajos que se han publicado sobre la guerra de 1808-1814 pocos son los que se han detenido a considerar el impacto demográfico de la contienda y menos aún los que lo han analizado con el propósito de establecer las pautas generales de la evolución de la población durante esta época. Con razón Jordi Nadal ha podido afirmar, no hace muchos años, que "las pérdidas en vidas humanas causadas por la Guerra de la Independencia siguen siendo un arcano" (La población española, Barcelona, Ariel, edición de 1986, p. 127). Pero también es cierto que en las tres últimas décadas los historiadores de la demografía han ido aportando numerosos materiales con los que poder desbrozar el camino. Lo que sigue es un intento de aprovechar esta información para lograr que la guerra deje de ser el arcano al que se refería el profesor Nadal.

     Por lo que sabemos de otras guerras del período napoleónico, las muertes que afectan a los ejércitos se deben sobre todo a enfermedades infecciosas y en mucha menor medida a heridas en el campo de batalla. Diversos estudios efectuados sobre aquel período (Darquenne, Houdaille) sitúan en más de 1/3 las bajas entre los soldados franceses e imperiales movilizados durante la revolución y el Imperio. Si aplicásemos estas estimaciones a la guerra en España, en la que las tropas napoléonicas en diversos momentos sobrepasaron los 300.000 hombres, podríamos pensar en unas bajas próximas a los 125.000 soldados entre los imperiales. Los trabajos de Darquenne (La conscription dans le Département de Jemappes, 1798-1813) y de della Peruta (Esercito e società nell'Italia napoleonica) nos ofrecen más precisiones: el primero permite conocer las bajas sufridas por los soldados belgas que sirvieron en los ejércitos consulares e imperiales: 79.000 muertes sobre un total de 223.000 hombres, lo que equivale a poco más de 1/3 del total de los efectivos que estuvieron presentes en la península a lo largo de la guerra; y también indica la causa de estas bajas: las pérdidas lo fueron por heridas de guerra (en torno al 14%) y, sobre todo, por enfermedades infecciosas (82%), en proporciones muy similares a las que se dieron en otros escenarios europeos, lo que invita a pensar que la guerra en España no resultó especialmente mortífera para los soldados napoleónicos (pp. 258-261). En el caso de los 30.000 hombres del reino de Italia enviados a España, solamente volvieron a su país unos 9.000; el resto, murieron (preferentemente de enfermedades infecciosas) o desertaron, una opción al parecer ampliamente seguida (Della Peruta, p. 373), con lo que es posible que volvamos a encontrarnos con una proporción de muertes similar a la indicada para los soldados belgas que sirvieron en España. Pero estos datos no resuelven por completo el problema de las bajas napoleónicas. Para conocerlas tendríamos que saber cuál fue la suma de los efectivos imperiales que, en uno u otro momento de la guerra, estuvieron presentes en el escenario español, a fin de aplicar sobre esta cifra el indicado porcentaje de bajas. En la hipótesis conservadora de que las tropas se hubiesen renovado en un 50% (por desplazamiento a otros escenarios europeos y por reposición de las bajas producidas en la península) las muertes alcanzarían los 200.000 hombres. Se trata de una estimación no muy distinta de la efectuada por el general Marbot (200.000 franceses y 60.000 auxiliares) (Mémoiries du Général Baron de Marbot, II, p. 484, citado por Darquenne, p. 260), pero bastante alejada de la reproducida por Canga Argüelles (Observaciones sobre la historia de la Guerra de España, 1829, tomo 2, pp. 367-368) "de un papel publicado en Francia en 1814", que eleva a 473.000 las pérdidas sufridas por los ejércitos napoleónicos, una cifra poco creíble, resultado de la diferencia entre entradas y salidas de tropas de España, pero contabilizando hombres y caballos y con un error aritmético en los cálculos.

     Las tropas británicas en España nunca fueron tan numerosas: si sumamos los 33.000 hombres de que se componía el ejército de Moore que se acabó embarcando en La Coruña y el combinado angloportugués que a las órdenes de Wellesley llegó a alcanzar en 1813 los 81.000 efectivos (más de un tercio de los cuales eran portugueses), podemos considerar que las tropas británicas que en uno u otro momento estuvieron en la Península debieron alcanzaron la cifra de 100.000. Sabemos que las bajas de la expedición de Moore sobrepasaron los 7.000 hombres, que suponen menos de la cuarta parte del total. Es de suponer, por tanto, que las muertes británicas durante la guerra no debieron sobrepasar las 25.000, que en parte tuvieron lugar sobre territorio portugués.

     Las cosas se complican cuando se trata de conocer las bajas españolas. Por dos razones: porque la guerra tiene el doble perfil de guerra convencional que enfrenta a ejércitos regulares y guerra de guerrillas, actividad esta última cuyos integrantes son difíciles de contabilizar por el carácter esporádico de su intervención; y porque la guerra repercute de manera muy importante sobre la población civil, sobre la que se abaten alojamientos, requisas, sitios, represalias, epidemias y hambres. Las estimaciones sobre las bajas españolas durante la Guerra no arrojan luz: se sitúan en torno al medio millón de muertes, una cifra que suele darse sin ningún razonamiento que la justifique. Muñoz Maldonado, autor de una de las primeras historias de la Guerra, había elevado las pérdidas al millón, sin tampoco aportar argumentos.

     No sirve comparar censos antes y después de la guerra para estimar los efectos de ésta sobre la población. Los censos fiables están demasiado alejados entre sí: el de Floridablanca, en 1787, contabiliza cerca de 10,5 millones de personas; el de 1857, 15,5 millones. Los censos intermedios, el Censo de Godoy (1797) y el Censo de la policía (1826) presentan inconvenientes. El primero da una cifra de población similar al de 1787 (10.541.221 por 10.409.879 el de 1787), considerada inexacta por sus mismos autores. El segundo, para algún historiador más acorde con los hechos (Eiras 1996), da 13.698.029, pero no hay una opinión unánime. Pérez Moreda (1980, p. 403) cree más fiables el censo electoral de 1822 (11,6 millones) y el censo para formar la división provincial de 1833 (12,2 millones). Estas notables diferencias entre unos y otros censos impiden disponer de una sólida referencia final. Pero tampoco el término inicial de la comparación resulta válido, sea 1787 o 1797 el escogido, pues no incluye los efectos de la fuerte crisis demográfica de los años iniciales del siglo XIX. Una estrategia para vencer estas dificultades podría ser utilizar recuentos de ámbito menos general para reconstruir con ellos el movimiento de población en diversas regiones en un período más breve que el comprendido entre 1787 y 1857. El cuadro adjunto muestra las cifras censales más seguras contenidas en algunos estudios de ámbito regional. Quizá lo único que puede sacarse en claro de estos datos sea un menor crecimiento de la población en el primer tercio del siglo XIX, pero ni esto se produce de forma general ni la cuantía y calidad de las evaluaciones intermedias permite mayores precisiones. Tampoco sirven las estimaciones contenidas en fuentes de carácter militar, como memorias y diarios de soldados y oficiales de la época o extrapolaciones a partir de los datos sobre reparto de soldados entre la población civil, materiales que han sido objeto de un reciente examen con un resultado poco satisfactorio por el carácter impreciso y fragmentario de los mismos (Robert Burnham, "Estimated population of Spain and Portugal in 1808", publicación electrónica que se encuentra en http://www.historyserver.org/napoleon.series/research/miscellaneous/c_population.html).

     Por tanto, en la actualidad la única vía para el conocimiento de la incidencia de la guerra sobre la trayectoria de la población española son los registros parroquiales. Los estudios en los que se hace uso de los archivos parroquiales para reconstruir la evolución de la población son ahora relativamente abundantes, fruto de una dedicación a la demografía histórica que alcanzó su mayor auge en las décadas de 1970 y 1980. Pero subsisten obstáculos que impiden un aprovechamiento a fondo de los datos que tales estudios contienen cuando lo que se intenta es trazar una panorámica general a partir de un amplio número de casos que asegure una cierta representatividad a los resultados: falta de homogeneidad de estos trabajos, debido a la diversidad de los enfoques y métodos de las investigaciones, a veces condicionadas por las características de las propias fuentes; en muchos casos no publicación de las cifras de las series de registros parroquiales analizadas. Lo que sí se puede hacer es servirse de la información que aportan para intentar conocer la importancia relativa de la crisis de 1808-1814 dentro del período de crisis demográfica iniciado al comienzo del siglo y para delimitar cuál fue el año de mayor mortalidad dentro de la Guerra de la Independencia. Los resultados se muestran en los mapas 1 y 2.

     El primero de estos mapas sitúa geográficamente el momento en que se produjo el año más crítico del período 1800-1814. Su examen permite formular las siguientes afirmaciones: 1) no hubo una crisis dominante en el territorio peninsular durante este tiempo: los años más críticos se sitúan en cualquiera de las dos etapas del período, de forma que no puede asignarse a los años iniciales del siglo o a los años en que se desarrolló la Guerra de la Independencia una clara primacía; 2) en Andalucía y en la España interior la crisis se concentró en los años previos a 1808; 3) en Galicia, en la fachada atlántica y en el Mediterráneo la mayor intensidad de la crisis se dejó sentir en los años siguientes, coincidiendo con la Guerra de la Independencia. Pero aunque el mapa nos indica dónde y cuándo se situó la crisis preponderante, no nos deja conocer la intensidad y extensión alcanzadas por una y otra crisis. El examen de los diversos estudios que las analizan permite afirmar que el episodio que en forma de epidemia y de crisis o de subsistencias, o de una combinación de ambas, golpea a la población a partir de 1800 y, de forma más generalizada, entre 1803 y 1805, fue uno de los más destacados de toda la edad moderna y tuvo una intensidad mayor que el situado en la Guerra de la Independencia. En los dos momentos se alcanzaron en algunos casos mortalidades cuatro o más veces por encima de lo normal, pero en el primero estas puntas de mortalidad alcanzaron una extensión mucho mayor en amplias zonas de las dos Castillas y en otros puntos de la España interior. A su vez, la crisis de los años de la Guerra de la Independencia fue de una amplitud geográfica mayor que la precedente. Esta también se extiende más allá de la España interior y Andalucía, pero lo hace de forma bastante atenuada, mientras que la segunda se dejó sentir en forma de máximos secundarios de mortalidad en muchas de las zonas afectadas por la crisis inicial del siglo. En conjunto, los efectos sobre la población de una y otra crisis debieron ser similares. Ambas compartieron una duración plurianual, que ahondó los efectos de los años singulares (1803, 1804, 1809 y 1812) e impidió la recuperación a corto plazo, y se sucedieron casi sin solución de continuidad, contribuyendo con ello a hacer del conjunto del período 1800-1814 una época de estancamiento bordeando la depresión demográfica.

     El segundo mapa visualiza el reparto geográfico de los años de máxima mortalidad durante la contienda de 1808-1812. Destacan en él dos rasgos: 1) las puntas de mortalidad se sitúan de forma bastante clara en los años 1809 y 1812; solamente el área vasconavarra escapa de esta tónica; 2) hay una cierta tendencia al agrupamiento de estos máximos de mortalidad: el de 1809 afecta en mayor medida al tercio norte de la península (Galicia, Asturias, Cantabria, Rioja y Cataluña), mientras que el de 1812 se sitúa preferentemente en la mitad sur (Extremadura, Valencia y Andalucía), con la meseta central como territorio menos definido; la excepción, el espacio vasconavarro, corresponde al año 1813. Los trabajos en los que se sustenta el mapa proporcionan algunas pistas para explicar esta geografía. En la punta de mortalidad de 1809 la crisis de subsistencias parece desempeñar un papel importante en Cantabria (Lanza 1991. P. 276), pero en otros lugares lo habitual es que sea una constelación de factores la responsable de la mortalidad. Entre estos factores la guerra ocupa un puesto destacado como desencadenante o agravante de la crisis: las pérdidas de cosecha por destrucciones, requisas o huida de la población, las penalidades que ésta sufre cuando su territorio se convierte en escenario de la contienda, las epidemias que ven facilitada su difusión por los movimientos de tropas y civiles son elementos que están detrás de las fuertes alzas de mortalidad de 1809 en Galicia, Asturias o Cataluña. En todas estas regiones 1809 es un año en el que el conflicto bélico adquiere una especial dureza, tras la entrada de nuevas tropas napoleónicas en la península en los últimos meses de 1808: invasión francesa en Galicia y levantamiento popular contra la misma; ocupación de Asturias; movilización en torno a la defensa de Gerona y caída de la misma en Cataluña. En Galicia, un área al abrigo de las grandes crisis de subsistencias gracias a su variedad de cultivos, la crisis de 1809 es quizá mayor que cualquier otra de los dos siglos precedentes (Dubert 1996). En Cataluña, donde también 1809 es con diferencia el año más catastrófico, la situación de guerra, con su cortejo de hambre y epidemias, está detrás de las fuertes pérdidas de población que sufren localidades como Gerona (Alberch 1981), víctima de un largo asedio, y Terrassa (Benaul 1993), donde a las destrucciones francesas siguen la carestía y el tifus, o el área de la plana de Vic (Ramisa 1993), en la que tras la entrada de las tropas francesas y la huida de sus pobladores se difunde una epidemia de tifus exantemático, circunstancias a las que ya Nadal se había referido al analizar el alcance global de la crisis de 1809 en territorio catalán (Nadal 1978). También las series manejadas por Pérez Moreda (1980) observan una grave crisis en 1809, localizada en la frontera castellano-portuguesa y en algunas localidades de Aragón y La Mancha, en las que se conjugan los efectos destructivos de las campañas bélicas con la epidemia y la escasez.

     A diferencia del episodio inicial del siglo, en 1812 la crisis de subsistencias tiene un protagonismo destacado, aunque también hay que considerar la importancia perturbadora del contexto bélico en el que la crisis se sitúa. La mayoría de las series de precios del trigo recogidas por Anes alcanzan en este año sus valores máximos, superiores a los de 1804 (Anes 1970, gráficos 42-47). El fuerte y generalizado aumento de los precios, incluso en áreas costeras como Alicante o el litoral barcelonés o en un punto tan estratégico como la capital del estado, hace pensar en que en esta ocasión, a diferencia de 1804, la desarticulación de los mercados, las tensiones en la demanda de alimentos y las destrucciones ocasionadas por la guerra pudieron más que otros factores reguladores. El hambre fue la compañera inevitable de precios tan elevados y se dejó sentir en múltiples lugares. Pero esta crisis no se acompañó, como en 1804, de un brote epidémico de amplias proporciones, salvo quizás en la región murciana, donde Cartagena y Murcia sufrieron el asalto de la fiebre amarilla (Torres Sánchez 1990; Sánchez Jara 1960). Esto explicaría que la mortalidad no alcanzara unas cifras más elevadas pero no arroja luz respecto al desigual impacto de la crisis de 1812 sobre el escenario peninsular. Son varios los elementos que conviene tener en cuenta para entender esta diferente incidencia, tal y como aparece cartografiada en el mapa: una mayor intensidad de la crisis de 1809, que relegaría a la siguiente crisis a un segundo plano en aquellos lugares en que 1809 fue más catastrófico (Cataluña, Asturias, Galicia); una agricultura más diversificada que permitiría escapar, hasta cierto punto, de los estragos de una mala cosecha (Galicia y la fachada cantábrica); una situación alejada de los frentes bélicos (de nuevo Galicia); y, en determinadas áreas (Navarra y País Vasco), una intensificación posterior de la guerra, que retrasaría el máximo de mortalidad más allá de 1812.

     La elevada mortalidad de 1813, circunscrita por lo general a áreas de Navarra y País Vasco, debe de responder a esta última circunstancia. Sobre la zona se desarrollan algunos de los últimos y más cruentos episodios de la guerra, con presencia de abundantes tropas tanto aliadas (españolas, angloportuguesas, guerrilla) como napoleónicas. Como en un anterior momento de crisis de mayores proporciones en aquellas zonas, la que se produce entre 1793 y 1795 en el contexto de la guerra de la Convención, también ahora "el agotamiento económico producto de la guerra debido a requisas, bagajes y suministros y la paralela situación de carestía del grano" son factores que están presentes en el valle del Baztán (Arizcun 1988, p. 154) y, probablemente, en otras zonas en las que se han observado máximos de mortalidad en este año: la Merindad de Estella, la comarca de la Barranca o las diversas poblaciones del País Vasco cuyos registros parroquiales fueron exhumados por Fernández de Pinedo y Fernández Albaladejo.

     Algunas de estas observaciones se aprecian en el gráfico 1, que presenta los índices de evolución de la mortalidad durante el período 1800-1815 en siete áreas para las que se dispone de una información aceptable. Las siete series elaboradas muestran, en mayor o menor medida, las tres puntas comentadas: la previa a la guerra y las de los años de 1809 y 1812. Pero también nos indican la diversidad regional de las crisis de mortalidad en esta época. En la medida en que se disponga de una mayor número de series fiables podrá precisarse la geografía de estas crisis, en una explicación que a buen seguro tendrá que combinar, en dosis variables en cada caso, hambre, epidemia y guerra.

     Hasta ahora hemos analizado la profundidad de la crisis de la guerra, pareja a la de comienzos de siglo, e identificado dentro de ella los años de mayor mortalidad y sus posibles razones. Podemos decir que la Guerra de la Independencia no fue en sí misma una crisis demográfica de dimensiones excepcionales, sino el segundo episodio de un período más amplio iniciado con el cambio de siglo cuya primera parte había transcurrido unos años antes; que los años de mayor mortalidad se situaron en 1809 y 1812; que las causas de esta mortalidad, en la medida en que tuvieron mucho que ver con crisis de subsistencias y epidemias, sólo de manera indirecta deben atribuirse al conflicto bélico y que, presumiblemente, las víctimas se dieron en mayor número entre la población que entre los combatientes. Pero seguimos sin saber nada sobre cuántas fueron las víctimas, directas o indirectas, del conflicto. Para averiguarlo hemos de volver a los registros parroquiales, en busca de series de áreas de cierta extensión que permitan captar el impacto sobre el crecimiento vegetativo de la larga crisis extendida entre 1800 y 1814. Tres de estas series aúnan los requisitos de calidad y representatividad necesarios: la de Jordi Nadal (Nadal 1986), que cubre 45 localidades catalanas dispersas por el Principado, equivalentes al 9,3% de la población total de Cataluña (Nadal 1986); la de David Reher (Reher 1991), que incluye 26 pueblos de las provincias de la antigua región de Castilla la Nueva (Madrid, Toledo, Ciudad Real, Cuenca y Guadalajara) y resulta consistente con la que el mismo autor había establecido para un área de menor tamaño de la zona:19 pueblos de la provincia de Cuenca (Reher 1980); y la de Ramón Lanza (Lanza 1991), una muestra de 40 parroquias rurales de Cantabria. Tal como puede verse en el gráfico 2, la trayectoria de la tasa de crecimiento vegetativo de las tres series muestra un comportamiento diferenciado ante la crisis inicial de siglo, inexistente en Cataluña, y una misma tendencia depresiva durante los años centrales de la guerra, aunque la crisis de 1809 resulta más destacada en Cataluña. Sería deseable disponer de más series de estas características, para poder trazar un panorama global de la evolución del movimiento natural de la población española en el que estuviesen integradas las diversas variantes regionales. Alguna de ellas, como quedaba reflejado en el gráfico 1, habría realzado el impacto del déficit de 1812. En su ausencia, se puede aceptar provisionalmente que la suma de las tres series resulta representativa de la evolución de la tasa de crecimiento natural del conjunto de la población española, supuesto que se recoge en el gráfico 3.

     En él se observa el encadenamiento de los dos momentos de crisis casi sin solución de continuidad y la existencia, dentro del segundo momento, de una punta secundaria situada en 1812. Por lo que ya se sabe de la evolución de la mortalidad en estos años, y por las pistas más fragmentarias sobre la natalidad, es muy probable que estos rasgos no sean alterados de forma sustancial con la aportación futura de nuevas series, aunque éstas posiblemente tiendan a configurar un patrón de comportamiento para la mayoría de áreas periféricas similar al de la serie catalana y acentúen la punta de mortalidad de 1812 al incorporar zonas de la meseta norte y del sur de la península en las que éste fue el año más crítico de la guerra. Con estas reservas, podemos servirnos de la serie de crecimiento vegetativo de la población española para conseguir, tomando como cifra de partida la indicada en el censo de 1787, una estimación de la evolución anual de la población española hasta 1815. El resultado figura en el gráfico 3. La trayectoria alcista de la población española, que gana más de un millón de personas entre 1787 y 1801, se invierte bruscamente en los años siguientes, con una pérdida acumulada de más 600.000 habitantes que se mantiene durante la mayoría de los años de guerra, para iniciar a partir de 1814 una rápida recuperación. En conjunto, son quince años desaprovechados en este comienzo de siglo, la mitad de los cuales coinciden con la Guerra de la Independencia, responsable de casi las dos terceras partes del retroceso de la población: algo más de 350.000 personas. Estos datos nos sirven para situar el impacto sobre la trayectoria real de la población española de la larga crisis abierta al comienzo de siglo y reanudada durante los años de la guerra. Pero no miden en toda su dimensión el impacto demográfico causado por la Guerra de la Independencia ni las muertes que ésta produjo.

     Para conocer las bajas causadas por la guerra hemos de servirnos de uno de los componentes del crecimiento vegetativo, la tasa de mortalidad (TM), y comparar su evolución a lo largo de los años de la guerra con la experimentada en un momento anterior: la diferencia nos indicará en qué medida durante la guerra se produjo una sobremortalidad. Entre 1809 y 1813, la TM del conjunto formado por Castilla la Nueva y Cantabria (únicas áreas extensas para las que se dispone de este dato) superó en más de 5 puntos la existente entre 1787 y 1799 (37,09 por mil frente a 31,99 por mil), una diferencia que si se extendiese a la totalidad de España equivaldría a 228.690 fallecimientos extras. Probablemente este cálculo subestime la mortalidad, pues sabemos la guerra no fue especialmente costosa en vida humanas en ambas regiones, tanto en comparación con Cataluña (véase gráfico 2) como con otras áreas (gráfico 1). Además, la sobremortalidad resultante se ve considerablemente influida por el período escogido como punto de comparación: si se toma en cuenta la TM del conjunto de los años 1792-99 y 1815-22, el resultado es una TM mucho más baja, del 27,58 por mil, casi diez puntos por debajo de la de los años 1809-1813, lo que eleva a 522.940 el plus de fallecimientos durante la guerra. En este caso el cálculo sobrevalora la mortalidad, pues las TM de los años posteriores a la guerra son relativamente bajas, por corresponder a un período de recuperación post-crisis. Pero permite ver hasta qué punto los datos finales son sensibles a las variaciones en los términos de comparación utilizados. Probablemente la cifra real se sitúe en un punto intermedio de esta amplia horquilla (>228.690 <522.940), más cerca de la segunda cifra que de la primera, en una posición que posteriores estudios podrán ir afinando, sin por ello llegar a indicar exactamente cuántos fueron los muertos causados por la guerra. Al margen de estos resultados más precisos, lo que sí está claro es que la Guerra de la Independencia resultó la más letal de las guerras de la historia contemporánea española, superando a la Guerra Civil en mortalidad relativa: el aproximadamente medio millón de muertos durante esta campaña y su inmediata posguerra representan menos del 2% de los 26 millones de españoles entonces existentes, mientras que las víctimas de la contienda de 1808-1814, en la hipótesis más conservadora, superarían el 2%, pudiendo ascender hasta el 4% de los apenas 11,5 millones de personas que habitaban el país. Y todo ello sin contar con las cerca de 250.000 víctimas entre los ejércitos napoleónicos y aliados.

     Otra cuestión a considerar es el impacto demográfico: la guerra además de una crisis de mortalidad dio lugar a un déficit de nacimientos, que contribuyó a ahondar los efectos de aquélla. La crisis de natalidad, casi simultánea al alza de la mortalidad, tuvo una incidencia al menos similar a ésta en el crecimiento vegetativo de la población durante los años de la guerra. Durante el período 1809-1814, la TN se situó casi 5 puntos de media anual por debajo de la existente entre 1787 y 1799 (33,58 por mil frente a 38,46 por mil; en ambos casos datos para el conjunto de Castilla la Nueva y Cantabria, cuyas tasas muestran una trayectoria asimilable a la evolución del número de nacimientos en Extremadura), equivalentes a una reducción de más de 320.000 nacimientos. El mantenimiento de la natalidad y la mortalidad en las tasas medias del período 1787-1799 habría conducido a la población española en 1814 a una cifra probablemente superior en cerca de 600.000 personas en el supuesto más conservador a la que en realidad tuvo, pero estamos ante un cálculo teórico, porque en sociedades con una economía preindustrial los límites que los recursos imponen al crecimiento de la población impiden que éste sea continuo. Lo que sí supuso el efecto combinado de la reducción de la natalidad y el aumento de la mortalidad fue la aparición de una generación vacía, visible todavía en las muescas de las pirámides de edad medio siglo más tarde, aunque tampoco aquí resulta fácil diferenciar entre crisis prebélica y crisis bélica, pues ambas se sucedieron casi sin solución de continuidad. En todo caso, la conjunción de baja natalidad y alta mortalidad dejó una clara huella: la comparación entre los censos de 1797 y 1857 muestra en esta última fecha una fuerte y brusca reducción del peso demográfico de los grupos de edad superiores a los 40 años, más de un 20% por debajo del peso relativo que estos grupos tenían en el censo de 1797. Una huella que se percibe todavía durante la segunda mitad del siglo XIX, en forma de sucesivas generaciones menguadas, como han puesto de manifiesto Nadal y Reher.

     Al término de este análisis de la población durante la Guerra de la Independencia puede que se han aclarado algunos puntos. Otros muchos siguen sin resolver, entre ellos la cifra de bajas que se produjo durante la guerra, y bastantes más han surgido a lo largo del propio análisis. Cabe esperar en los próximos años, al amparo de la inminencia del bicentenario de 1808, una multiplicación de los trabajos monográficos que nos ayude a precisar los perfiles de aquella crisis: desigualdades regionales, diferencias entre campo y ciudad, mortalidad entre combatientes y civiles, número total de muertes con separación de las ocurridas en el campo de batalla (un escenario que se torna ubicuo en razón de la actividad guerrillera y de las represalias que ésta ocasiona) y las producidas por las epidemias y hambres que la guerra conlleva. Pero junto a esta previsible y deseable dedicación a esta faceta del conocimiento del período, sería también importante que los investigadores del tema se esforzasen en homogeneizar los métodos que dan soporte a sus trabajos y en publicar las cifras que sustentan los resultados.

 


© Esteban Canales. Setiembre 2001