Filosofía Oriental, Ciencias Contemplativas y Filosofía Transpersonal

Iker Puente

David Casacuberta

Universitat Autònoma de Barcelona

 

Ha llovido mucho desde el conductismo y su pretensión de que la mente era una caja negra imposible de estudiar. El “pienso luego existo” de Descartes goza cada vez de menos defensores, según nos vamos cuestionando la realidad científica y filosófica de ese “yo” que supuestamente nos acompaña desde el nacimiento a la muerte.

Recientemente, con la aceptación del término ciencias contemplativas como paraguas de una investigación interdisciplinar seria que permita estudiar estados modificados, expandidos o no convencionales de consciencia (1) como la meditación, el éxtasis místico o la experiencia psicodélica, la psicología y la filosofía han dado un gran salto adelante, y cuestiones que hace solo cinco años se consideraban como risibles, propias del pensamiento New Age, ahora se empiezan a estudiar en prestigiosas universidades de todo el mundo.

Dentro de la psicología, la psicología transpersonal lleva más de cuatro décadas prestando atención a estos fenómenos, desde su nacimiento a finales e los años sesenta. Esta corriente nace a raíz del interés de un grupo de psicólogos, psiquiatras y psicoterapeutas (entre los que se encontraba Abraham Maslow y el psiquiatra Stanislav Grof) en expandir el marco de la psicología humanista más allá de su centro de atención sobre el yo individual, interesándose por el estudio de la dimensión espiritual y trascendente de la naturaleza humana y de la existencia, y los denominados estados modificados o expandidos de consciencia. Sus fundadores pretendían realizar una integración de las tradiciones místicas occidentales y orientales con la psicología científica moderna. La orientación transpersonal surge, pues, del encuentro entre la psicología occidental (en particular de las escuelas psicoanalítica, jungiana, humanista y existencial) y las tradiciones contemplativas de Oriente (en especial el budismo Zen, el taoísmo y el hinduismo).

Una parte importante de esta revolución se debe, sin duda, a la inclusión en nuestro canon filosófico del pensamiento oriental. Budismo, taoísmo o hinduismo han explorado esos temas durante milenios y ofrecen un enorme campo de conocimientos que son de gran utilidad para entender y analizar esos estados no convencionales de consciencia. Sin embargo, el concepto mismo de “filosofía oriental” es elusivo.

La primera tentación es jugar con la distinción "Oriente/Occidente", pero si se la tomamos geográficamente es una distinción que no se sostiene por ningún lado. ¿El consumista Japón con parejas que se casan al estilo católico porque es mucho más espectacular que la ceremonia budista equivalente es un ejemplo de "sabiduría oriental"? ¿Qué queda del Tao en la actual China que junta lo peor del capitalismo y el comunismo en un solo régimen?

La salida rápida, pensar en una "filosofía oriental" en el pasado que uno tiene como referencia final (El Buda Shakiamuni, Nagarjuna, Dogen) acaba finalmente siendo letal, pues convierte ese pensamiento "oriental" que queremos estudiar en un objeto caduco, un ente arqueológico que debe estudiarse desde la filología, las variantes textuales, la etimología... El estudio de una antigüedad cuyo lugar natural es el museo y el tratado erudito.

Nuestras universidades pecan mucho todavía de este ejercicio de regresión filológica del pensamiento oriental. No hace mucho nos comentaba divertida una compañera de la Facultad de Traducción como un estudiante especializado en pensamiento oriental había decidido abandonar esa facultad porque un lugar en el que se escribía "Buda" en lugar de "Buddha" no podía ser serio.

Si no hay espacio para una reflexión contemporánea de ese pensamiento "oriental" los culpables no son los filólogos, que estudian esos textos según su metodología y objetivos, sino nosotros, los filósofos y psicólogos, que hemos ninguneado ese pensamiento como algo no filosófico y no científico. No hay que retroceder mucho en las revistas especializadas para leer una y otra vez acerca de la filosofía como algo intrínsecamente occidental, de raíces griegas, que nunca se replicó en "el otro lado". El pensamiento hindú, budista o taoísta se habría quedado en el mythos, dejando a Occidente con la única patente de corso para poder explotar el logos. Sin embargo, como bien puede verse en la selección bibliográfica de esta exposición, esa ilusión de monopolio de la razón no se sostiene: el acercamiento popular ve en el budismo tibetano sólo el mitológico tantra de visualizaciones de deidades cuando no monjes levitando, sin ser consciente de la cantidad de filosofía sistemática que está detrás del budismo de los seguidores del Dalai Lama. Las finas distinciones entre estados mentales del Abhidhamma no pueden sino recordarnos tanto por objetivo como por metodología a un tratado de psicología. Incluso el misticismo de un Dogen o un Nagarjuna tienen claros paralelos en pensadores occidentales como Kierkegaard, Eckhart o Wittgenstein.

El pensamiento oriental es filosofía. Y se trata de reflexión filosófica viva, en continua interacción con las ciencias actuales, que reflexiona sobre los mismos temas que nuestro pensamiento occidental.

La razón central por la que es interesante estudiar el pensamiento oriental es por que su metodología de trabajo es radicalmente diferente. Se trata de un pensamiento experiencial, basado en observar el funcionamiento de la propia mente y trazar delicadas y sutiles distinciones sobre estados mentales, establecer causas y condiciones para la aparición de determinados fenómenos mentales. Cuando nosotros en Occidente analizábamos conceptos, los pensadores orientales experimentaban realidades mentales. Que el Buda nos libre de poner un acercamiento por delante de otro, los dos son importantes, y de hecho diferentes escuelas de pensamiento oriental han tendido igualmente a potenciar uno u otro, o trabajar con los dos. Pero los dos acercamientos son importantes, y en el pensamiento occidental hemos tendido a centrarnos exclusivamente en la parte conceptual olvidando la experiencial. Ello nos ha generado varios déficits importantes en nuestros modelos y teorías: tenemos todavía un conocimiento muy fragmentario de las emociones, que no empezaron a estudiarse seriamente de forma científica hasta finales del siglo XX, y lo mismo sucede con la introspección que, aunque estuvo en los orígenes de la psicología, fue rápidamente abandonada.

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