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Entre 1920 y 1950 aproximadamente, William Faulkner irrumpe en el ámbito literario de los Estados Unidos con sus poemas, relatos y novelas apasionadas, trágicas y desmesuradas, que sitúa en su mayor parte en la región de Yoknapatawpha, réplica mítica del condado de Lafayette, con capital en la ciudad de Oxford, Mississippi. Es allí donde Faulkner vive la mayor parte de su vida, donde escribe sus obras; en lo más profundo del “Profundo Sur”. Sin terminar la enseñanza media y sin conseguir licenciarse en la universidad de Mississippi, en la que entra por influencia paterna y en la que significativamente suspende la asignatura de inglés con la peor calificación posible, inicialmente el autor solo puede aspirar a emplearse en tareas muy modestas como la de cartero, empleado en una librería, u obrero en el turno de noche de una fábrica sucia.

Pero Faulkner escribe y bebe incansablemente desde su juventud. Cuando consigue dedicarse exclusivamente a su escritura, el autor compra y reconstruye una casa medio derruida a las afueras de Oxford, y se casa con la mujer divorciada de la que se había enamorado en el colegio. Salvo algún período en Hollywood donde escribe guiones cinematográficos bien pagados, allí encuentra Faulkner la inspiración para la mayor parte de sus obras.

Su mejor don es el oído que le permite registrar todos los matices de las infinitas variantes de las hablas del sur: hablas que distinguen razas, clases sociales, procedencias, vinculaciones al pasado, niveles culturales. Faulkner, hijo y nieto de una familia destacada política y económicamente, conoce de primera mano la voz de los antiguos esclavos, de los nuevos ricos, de los recién llegados, de los blancos empobrecidos tras la guerra: distingue las palabras urbanas y las rurales; las de los niños y las de los adolescentes; de los hombres y mujeres: y conoce los relatos infinitos de unos y otros. Porque en el Sur, de tierras inmensamente productivas en el pasado gracias al trabajo de los esclavos, siempre ha habido tiempo para narrar historias, tal vez como respuesta a la necesidad de justificar una cultura legendaria  y triunfante, a la vez que esencialmente corrompida.  

Los relatos de Faulkner giran siempre en torno a una única obsesión: la tragedia destructiva en la que se hunde el Sur tras perder la guerra de Secesión en 1865: los efectos devastadores de aquel acontecimiento histórico. Lejos de cualquier interpretación racional o compasiva, Faulkner impone en su escritura el lenguaje radical del modernismo literario con el que desvelar la desilusión y la decadencia en su estado más puro: las consecuencias terribles de la miseria, del ultraje irreversible del honor y la dignidad, los modelos irreversibles de degradación individual y social. En el mundo de Faulkner no hay explicación o consuelo. El sufrimiento no enseña y redime; la pobreza no dignifica y ennoblece. Los acontecimientos y las pasiones son incuestionables: como los accidentes de la tierra despiadada, la violencia del clima o de las aguas. Sus novelas se inscriben en un ámbito bíblico, apocalíptico, que el lector tiene que desbrozar sin explicaciones; guiado por un lenguaje intensamente experimental en el que se confunden y superponen las voces de los narradores, las escasas tentativas descriptivas del orden externo y el caos del flujo de los pensamientos de los personajes. Faulkner pretende dar con los puntos álgidos y más dolorosos de la condición humana; con la descomposición moral más destructiva de la condición humana.

La literatura norteamericana, relativamente joven y muy flexible cuando estalla el modernismo, se presta a la transformación verbal audaz y arriesgada, y a veces a Faulkner se le escapan las palabras hacia los ámbitos incontrolados del melodrama o del esperpento. Pero sus mejores obras están indiscutiblemente destinadas a prevalecer. Dos textos extraordinarios a modo de ejemplo: Barn Burning (1939) y El Ruido y la Furia (1929). El primero, un relato: una reflexión sobre las vinculaciones de la sangre que escapan a la voluntad del hijo de alejarse del padre fracasado y perverso. Aquí el juego de la voz íntima y desesperada del hijo alcanza una disonancia intensa, dolorosa y elocuente, y el lirismo entrecortado de la primera palabra que pronuncia el hijo contiene ya el destino final de la tragedia: la destrucción y la muerte. El padre, rígido e inexorable, un Anticristo sureño, celebra uno tras otro los rituales de su autoinmolación en la destrucción del más sagrado de los vínculos: el paterno filial.

 El segundo ejemplo es más ambicioso si cabe por su extensión. La destrucción de la familia Compson, próspera en su día, pero hoy en total decadencia, se narra desde la voz interna de tres de los hermanos, y se concluye con un capítulo en el que la voz narrativa recoge y ordena el presente.  Lo más destacado es el famoso primer capítulo en el que el hermano menor, Benjy, retrasado mental, rompe la unidad de los espacios, de los tiempos y de toda coherencia lógica, pero que, en su incoherencia, alcanza un lirismo sobrecogedor y radicalmente nuevo en la narración de su historia y la de su familia. Como en casi todos los relatos de Faulkner, también en éste todo es destrucción, vileza y muerte en un mundo en el que no cabe esperanza ni redención.

Estos y otros textos de Faulkner son imprescindibles, inolvidables en la comprensión de la experiencia, del dolor y de la redención.

 

Aránzazu Usandizaga

Juliol 2012

Campus d'excel·lència internacional U A B